sábado, 28 enero, 2023

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Luego de brillar durante más de una década como principal atracción del grupo The Jackson 5 junto a sus hermanos mayores, y de varias incursiones solista de moderado éxito, Michael Jackson daba su golpe maestro el 30 de noviembre de 1982 con la edición de «Thriller», su sexto trabajo en solitario que lo coronaría definitivamente como el «rey del pop» a nivel global.

Con clásicos como la canción que daba nombre al disco, «Beat It», «Billie Jean» y «Wanna Be Starting Something», entre otras; la placa se convertiría en la más vendida de la historia, con estimaciones que superan los 100 millones de copias, pero además se establecería como uno de los principales símbolos que marcarían estética y culturalmente a la década de los `80.

Es que más allá del perfecto compendio de música disco, rock, funk, pop y r&b, y del nivel de los invitados y sesionistas que se pusieron a la órdenes del productor Quincy Jones, como el caso de Paul McCartney, Eddie Van Halen y miembros de Toto, con «Thriller» Michael Jackson marcó el paso de la moda en aquellos años, popularizó una manera particular de bailar y abrió el camino para una nueva era en lo referente a la industria del videoclip.

Todo eso hizo que el artista -una especie de niño mimado en su país pero que en otras latitudes no era tan conocido a nivel masivo-, alcanzara un pico de popularidad comparable a la «beatlemanía» de los años `60. El fenómeno despertado en nuestro país es un claro ejemplo de ello.

Si bien a lo largo del `70, el joven Michael comenzó a despegarse del lastre familiar con cuatro discos solista, hacia finales de la década pareció romper definitivamente con su pasado cuando se alejó del sello Motown y, ya con Quincy Jones de productor, lanzó «Off The Wall» a través de Epic Records, un trabajo que comenzaba a proyectarlo como algo más que el pequeño talentoso de la célebre familia.

Pero hacia 1982, las modas musicales presentaban otros caminos y en esa dirección se embarcó la dupla Jackson-Jones, no sin varios encontronazos entre ellos, lo cual derivó en que el álbum fuera mezclado nuevamente una vez terminado, porque no lograban ponerse de acuerdo en cuanto al resultado final.

La edición final de «Thriller» contó con nueve composiciones, cuatro de ellas del propio Michael -«Wanna Be Starting Something», «The Girl Is Mine», «Billie Jean» y «Beat It»- y, como se dijo antes, colaboraciones rutilantes, como el caso del ex beatle en «The Girl Is Mine»; Eddie Van Halen y Steve Lukather, de Toto, en «Beat It»; y hasta un recitado final de la leyenda del cine de terror Vincent Price, en «Thriller».

Acaso como devolución de gentilezas, Michael Jackson colaboró con Paul McCartney al año siguiente en el hit «Say, Say, Say» y «The Man», incluidos en el disco «Pipes of Peace», del ex beatle.

Como si todo el arsenal sonoro que presentaba el disco no fuera suficiente para marcar una época, su portada también iba a constituirse como una de las más icónicas en la historia de la música popular contemporánea, con la foto del artista recostado de manera relajada con un inmaculado traje blanco y un cachorro de tigre a sus pies.

Si el disco en sí ya se presentaba como una obra destinada a quedar en la historia, el aprovechamiento que hizo el artista de la incipiente industria del videoclip se ocupó del resto. En ese rubro, destacó «Billie Jean», con el recordado paso de baile que hacía encender las baldosas y las fantasmagóricas figuras que se le aparecían al artista en su andar; y «Beat It», con el coreográfico enfrentamiento entre pandilleros.

Pero, sin dudas, fue «Thriller» el video que no solo sobresalió entre todos los de Michael Jackson, sino que irrumpió con fuerza y creó un estilo cinematográfico seguido hasta el día de hoy en lo referente a realizaciones audiovisuales musicales.

A lo largo de casi un cuarto de hora, el director John Landis, responsable de comedias como «The Blues Brothers» y «Animal House» («Los Hermanos Caradura» y «Colegio de animales», respectivamente en nuestro país), creó una suerte de pequeño filme de terror de clase B, en el que Michael se convierte en hombre lobo y luego en zombie, para protagonizar una memorable danza en un cementerio rodeado de «muertos vivos».

De esta manera, la obra en su totalidad, con su brillante producción, sus canciones perfectas, su impronta bailable y su propuesta visual, presentaba a un Michael Jackson de consumo para todos los gustos y edades. 

En Estados Unidos, en donde el artista ya era una celebridad desde su más tierna infancia, este lanzamiento confirmó que tenía vida propia más allá del ala protectora del sello Motown y que era abrazado por el resto de la comunidad musical. Y en otros países, popularizó a nivel masivo a una figura que hasta entonces solo era conocida por disc jockeys.