Las sociedades de pronto se dieron cuenta de que existía y existió la xenofobia y el racismo y muchos años después, se alzaron contra el colonialismo, la conquista y su preocupación por los pueblos originarios, muchos de los cuales fueron diezmados y no tienen descendientes al día de hoy. En un revisionismo social de la historia, apresurado, a los tumbos, sin rumbo claro, muy «políticamente correcto», los primeros condenados fueron los monumentos.
Han caído – y siguen cayendo – estatuas, bustos y monumentos de Colón, de esclavistas, de mercaderes, de reyes y de generales de confederados en todo el mundo pero, principalmente, en los Estados Unidos. Como si pintar o tumbar un monumento cambiara la historia y el futuro.
¿Podría haber transcurrido la historia sin Colón, sin esclavistas, sin mercaderes, sin Lenin, sin confederados, sin Roca, sin…? Seguramente sí, pero el presente en el que vivimos sería otro y, por cierto, no nos incluiría.
El Ayuntamiento de Nueva York va a retirar la figura de bronce que representa al 26º presidente de Estados Unidos, Theodore Roosvlet, a caballo flanqueado por un nativo americano y un hombre negro de pie, tras las protestas antirracistas. Por su parte, el coleccionista ruso Andréi Filátov se ofreció a comprar la estatua. “Roosevelt fue una figura política importante conectada con Rusia en distintas etapas de la historia de los dos países”, manifiesta el millonario en cartas enviadas a las autoridades de Nueva York a través de su fundación Art Russe, con sede en Londres.
“Dado el valor artístico e histórico del monumento, su protección y preservación para las generaciones futuras es de extrema importancia”, añade el multimillonario. Roosevelt actuó como intermediario entre Rusia y Japón durante la guerra de 1904-1905. Su papel en el tratado de Portsmouth, que puso fin al conflicto de año y medio, le valió el Premio Nobel de la Paz en 1906.

Bill de Blasio, alcalde de NY, comunicó hace unas semanas que había acordado junto al Museo de Historia Natural de NY, retirar la estatua porque “representa a los negros e indígenas como subyugados y racialmente inferiores”. Dejando en claro que la medida se ciñe solo al carácter del monumento y no a la figura de Roosevelt, a quien la institución considera “un conservacionista pionero”.
Filátov también quiere comprar la estatua de Alexander Baranov, el primer gobernador zarista de los asentamientos rusos en Norteamérica a finales del siglo XVIII y principios del XIX; la Alaska que el zar Alejandro II vendió a EE UU en 1867. La estatua en recuerdo a Baranov también fue vandalizada por activistas que lo consideran un exponente del legado colonial contra las comunidades nativas.
“Se trata ante todo de preservar la memoria de los estadistas que influyeron en la historia de Rusia, el desarrollo de su economía y su estado”, remarca Filátov en una nota.
Memoria e historia, dos palabras que van juntas. Si en este presente destruimos el recuerdo de las malas prácticas del pasado, nos arriesgamos a repetir ese pasado en el futuro. No se trata de tumbar a los monumentos sino de resignificarlos.






