Por supuesto que hablamos de gallinas en un país en el que, por año, 100 millones de estas aves son enviadas al matadero cuando cumplen 18 meses tras languidecer su fecundidad, aunque aún les quede entre seis hasta diez años de vida. Y ni que hablar de los pollitos macho que son eliminados al nacer porque las hembras son más valiosas.
En 2016 Fabien Sauleman descubrió que todos los gallineros, aún los llamados «bio», producen esta masacre como si fuera algo normal. Ese mismo año se asoció con Sébastien Neusch y Élodie Pellegrain y en 2017 lanzaron el proyecto del huvo que no mata a la gallina. Gracias a un acuerdo con Seleggt – una startup alemana que creó una técnica mediante la cual se puede saber el sexo del pollito antes de nacer – pueden incubar sólo hembras y, de esa forma, evitar el nacimiento de machos que serán descartados.
Poulehouse trabaja, además, con productores bio y de ponedoras camperas, criadas todas al aire libre. Los ganaderos se comprometen a no enviar las gallinas al matadero cuando estas ya no son productivas. El mismo ganadero las conserva, o las envía a otro especializado en animales de edad avanzada. También existe una tercera posibilidad: las jubiladas se mudan a la Maison des poules (casa de las gallinas, en francés), un santuario que dispone de un gran terreno gestionado por Poulehouse. Allí pueden vivir hasta que les sobreviene la muerte por causas naturales. Ahora bien, tiene que ser una Maison muy grande para albergar 100 millones de gallinas por año.
El sueño dorado de «Pollitos en fuga»







