sábado, 25 abril, 2026

NBNN RADIO EN VIVO

Suena la sirena del cuartel de bomberos: ha comenzado un nuevo año. En el cielo brillan luces de colores que se elevan desde la casa del vecino de la vuelta, el que siempre nos brinda el espectáculo de fuegos artificiales.

Los cuatro que estamos sentados a la mesa nos ponemos de pie, levantamos nuestras copas con sidra (a nadie en mi familia le gusta el champagne) y brindamos por un nuevo año. Nos deseamos salud, felicidad, cruzamos algún beso y abrazo (el coronavirus aún no es noticia) y mirando la porción de pan dulce que estoy por llevarme a la boca de mis labios sale un «igual, el año está perdido».

Mi sobrino se ríe, mi hermano me mira raro y mi viejo no escucha. Nos levantamos y vamos a ver los fuegos que se desparraman en el cielo por entre las ramas del duraznero. «Para el año que viene podalo así podemos verlos bien», le digo a mi hermano, «este año ya está perdido».

Media hora después estoy en el auto volviendo a casa. No hay mucho tránsito por Márquez, en la radio suena música tranquila y a derecha e izquierda siguen apareciendo algunas luces en el cielo. Aunque recién empieza no puedo dejar de pensar que el año está perdido.

Era una sensación rara e incómoda que terminó convirtiéndose en predicción. De haber sabido que terminaríamos sumergidos en el default selectivo, dólar solidario, impuesto PAIS, riesgo país, recesión, bonos en baja, grieta ampliada, paro agropecuario, justicia domada, dengue amenazante y para coronar una lista que no quiero que se haga muy extensa, el coronavirus que invadió el mundo y no da tregua.

Vuelos cancelados, fronteras cerradas, clases suspendidas, cuarentenas, pandemia, psicosis, recesión mundial, bolsas que se desploman, muertos y el contagio que no afloja y se cobra más y más víctimas. Ya estamos a mitad de marzo y según los expertos hay para dos o tres meses más. 2020 empezará a mitad de año, en julio quizás, con suerte.

El año está perdido. Si hubiese sido Nostradamus o Aschira me hubieran escuchado pero sólo soy una persona que tuvo un pálpito autocumplido.