jueves, 23 abril, 2026

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“Lawfare”, “fake news”, “trolls”… ¿Quién da más?

El mundo moderno y la tecnología nos brindan un abanico de excusas con las que defendernos de acusaciones que consideramos infundadas (aunque no lo sean).

Si algo que se dice sobre un político a ese político no le gusta, automáticamente lo considerará una “fake news” (aunque suena más contundente en castellano: noticia falsa). Todo es falso, nada es verdadero. Infundios, mentiras, inventos que alguien malo, muy malo, dice sobre él para perjudicarlo. Y que no aparezcan pruebas porque inmediatamente y a los gritos las considerará fabricadas, aunque a veces “casualmente oportunas”. Porque cuando las pruebas son irrefutables pondrá en duda el momento en que han aparecido, como si eso fuera un justificativo de las tropelías que, casualmente, esas prueban demuestran.

Por otro lado, si lo que alguien dice – escondido en el anonimato que brinda Twitter – no es de su agrado, siempre podrá acusarle de ser un troll al servicio – pago, por supuesto – de alguien (persona o agrupación) que lo quiere difamar (generalmente la oposición). Como si acusar de troll a un usuario lo hiciera automáticamente inocente.

Ahora si ya la cosa se puso pesada y llegó a la justicia, echará mano del “lawfare” y no se cansará de denunciar a jueces, abogados y fiscales de armar causas truchas en pos de perjudicar a una persona de honor que sólo busca la felicidad del otro.

Vivimos en una época en la que todos los políticos son inocentes, y todos se justifican en el accionar del otro. Es más fácil ser honesto y transparente, pero como no lo son, entonces «trolls», «lawfare» y «fake news». Estamos mal… y vamos peor.