Existe una corriente de pensamiento que sostiene que al finalizar la pandemia seremos mejores personas a nivel mundial. Es más, hay quienes aseguran que ya lo somos y que el Covid-19 nos transformó.
Los balcones del mundo fueron y siguen siendo los grandes protagonistas de estos tiempos. Desde esos pequeños lugares han salido aplausos para sanitaristas, conciertos de guitarra, duetos, el feliz cumpleaños y hasta partidos de padle. Más cercanos en el tiempo, cacerolas en contra alguna medida gubernamental como la liberación de presos en Argentina.
Somos mejores, nada más lejos. Fuimos testigos de cómo se cerraron las fronteras abruptamente; cómo unos países se quedaban con el cargamento de material sanitario que otro había comprado; cómo la corrupción se hizo presente en la venta de tapabocas o test poco efectivos o vencidos. Miles de personas quedaron varados en países que no son los de su residencia, algunos más asistidos que otros. Gobiernos han decidido liberar presos, en algunos casos con mayor control o más efectivamente que en otros.
Pero claro, la gente sale al balcón y aplaude, algunos cosen mascarillas, otros cantan para sus vecinos o cocinan para los de bajos recursos y hasta se ofrecen para hacer las comprar a los mayores.
Esperemos a que las alarmas disparadas por la pandemia se apaguen, a que la OMS certifique que el peligro ya pasó, a que podamos salir de nuestras casas con algo más de tranquilidad. Esperemos a ver como reaccionan los gobiernos cuando ello pase, porque el gobierno de un país no es un ente autárquico, cada uno elige a sus gobernantes por lo que no nos podemos hacer prescindentes de sus decisiones.
Esperemos a que ese día «uno» llegue y cuando pongamos un pie en la calle mirémonos los unos a los otros y mirémonos al espejo también. Que hayamos salido mejores o peores, dependerá de lo que hagamos ese primer día.
Ver para creer.






