Ischgl, ubicado en el tirol austríaco, es una villa paradisíaca. Uno de esos lugares que nos pueden remontar a una buena película de acción a lo James Bond, a una inocente comedia romántica con Julie Andrews o a una de avalanchas y rescates a través de las montañas . Pero Ischgl es más que eso: aloja a uno de los centros de esquí más exclusivos de Europa, a 1377 metros sobre el nivel del mar, con apenas 1600 habitantes y conectado al pueblo suizo de Samnaun. Nadie podría pensar que sus calles y las pistas del Silvretta Arena (tal el timbre del centro de esquí) ocultarían el germen de una infección.
El gobierno de Islandia se lo advirtió a su par de Austria el 5 de marzo, cuando constataron varios casos de contagio con el COVID-19 en vuelos que llegaban de Munich. El común denominador entre los viajeros: haber estado en las pistas de esquí de Ischgl. A pesar de la advertencia islandesa, Austria dejó abierto el pueblo y las pistas a las que concurren unos 500.000 visitantes por temporada.
Islandia tomó sus precauciones: todas las personas que lleguen de la estación austríaca deben hacer cuarentena como si provinieran de países en riesgo. Austria hizo lo mismo, pero recién el 14 de marzo cuando decidió cerrar el centro invernal. Hasta ese día los bares, restaurantes y las pistas permanecieron abiertos y repletos de gente.
Un dato: uno de los juegos habituales es el «beer pong» que consiste en poner varios vasos con cerveza en una mesa y los participantes lanzan una pelota de ping pong con la boca que tienen que embocar en los vasos de los rivales. Virus, saliva, vasos, bocas.
En algunos países ya se han detectado al menos 500 casos de infección en personas provenientes de Ischgl.







