A lo largo de la historia en nombre del catolicismo se han justificado muchas atrocidades: expulsiones, matanzas, guerras, torturas y actos de corrupción, muchos fomentados por los mismos jerarcas de la Iglesia, incluidos los Papas.
Baste recordar la Inquisición, las cruzadas, Galileo Galilei, las ventas de indulgencias y, más hacia nuestro tiempo, los casos pederastía.
Por todo – o casi todo – la iglesia ha pedido disculpas aunque tuvieron que pasar siglos en algunos casos. Juan Pablo II, siete siglos después, se disculpó por los horrores de la inquisición; el mismo Papa rindió honores a Galilelo pero nunca se lo llegó a rehabilitar. Hemos asistido a las disculpas por los casos de pederastía, pero mientras el discurso va para un lado, se esconden a curas (de todo rango) acusados de dicho delito.
Hoy Francisco se disculpó por la actitud que tuvo ayer para con una feligresa que lo tomó de la mano por sorpresa y lo tironéo hacia ella.
La Iglesia Católica podría compararse con aquél que pide perdón una y otra vez por los maltratos infringidos y promete que cambiará, pero nunca lo hace y sigue maltratando y exigiendo perdón.
«Tantas veces perdemos la paciencia. A mí también me ocurre. Me disculpo por el mal ejemplo dado ayer», dijo Francisco. Los fieles también le están perdiendo la paciencia a un catolicismo enquilosado en normas medievales. Por algo está en crisis y afronta la pérdida de adeptos que se pasan a Iglesias Cristianas o, simplemente, de alejan de la liturgia católica.
Eppur si muove.







