China, la milenaria, la tierra de Confucio y de grandes dinastías imperiales, la de la Gran Muralla y el ejército de terracota. China, la que nos dio la pólvora, el papel, la brújula. China, la de las típicas estampas, la de las reverencias. China, la de Mao y la revolución comunista. China, la de su raras costumbres culinarias. China, la de las sombras ‘chinescas» y el crecimiento a tasas «chinas»
Por alguna extraña razón a los chinos se les perdonó siempre todo. Es que estuvimos años fascinados por su cultura, sus modos, sus reverencias, sus saberes y su historia milenaria. También nos fascinó (aunque con un poco de envidia) su laboriosidad.
Tan embelezados estábamos con la gente de ojos rasgados que de cualquier cosa complicada nos quejábamos (y lo seguimos haciendo) diciendo que es «un laburo chino». Porque ciertamente la China es así: fascinante y complicada. Y su gente puede resolver cualquier problema que se le planteé, hasta un laburo chino.
Hubo un día – no sabemos bien cuándo porque fue todo muy natural, sin que no diéramos cuenta – que la mayoría de las cosas que usábamos eran hechas en China: paraguas, lápices, linternas, pilas, ollas, adornos, teléfonos. computadoras, estantes, cajas y cajitas. Todo. Todo «made in China».
Todos nosotros fascinados por cómo China había pasado de ser un gran país agrario y hambriento a ser un poderoso país manufacturero y rico. Tan rico que se convirtió en el principal cliente de muchos otros países y hasta en un inversionista fuerte.
Y allí fuimos todos a aprender mandarín porque sería la lengua del futuro, la lengua de lo negocios, porque el que no sabe mandarín no puede hacer negocios con la China, la gran China.
También hubo un día que China exportó la gripe asiática y luego la de Hong Kong. Pero como en los años 50 y 60 las comunicaciones no estaban tan desarrolladas como ahora, por ahí ni nos enteramos a pesar de que causaron poco más de un millón de muertos cada una. Más acá, la gripe Aviar, el SRAS y la gripe A. Con esas los muertos fueron menores y también las perdonamos. Porque eso de comer animales vivos formaba parte de esa cultura fascinante (no me voy a cansar de repetir esa palabra) y mientras no nos afecte producir lo que ellos consumen… todo era reverencias.
Ahora surgió el Covid-19 y el mundo, salvo pocas excepciones. quedó patas para arriba. Las economías paradas y los ciudadanos encerrados. Por culpa de la gran China ni siquiera podemos producir lo que los chinos nos compraban y que dejaron de comprar porque también ellos vieron afectada su economía. Sin embargo, la China, ese gran país enigmático y poderoso en donde surgió el virus, nos siguió vendiendo baratijas: barbijos, respiradores, suministros médicos y, tengan por seguro, en cualquier momento patenta la vacuna y nos la vende también.
El asombro por esa cultura de miles de años quedó enterrado al ritmo de la pandemia. Ahora los miramos con recelo, pensamos dos veces antes de planificar conocer la muralla, preferimos cualquier supermercado antes del chino al que ayer le comprábamos y su «cultura culinaria» paso a ser «los chinos comen cualquier cosa».
Un día se prendió la luz y las sombras chinescas… desaparecieron.






