Un día tenía que suceder… y sucedió. No pudimos subir fotos a Instagram ni Facebook, ni mandarlas por Whatsapp. Hasta los audios estuvieron en veda.
El Consejo de Seguridad de la ONU llamó a sesión urgente para tratar el tema, pero no supieron a qué país vetar. Los EEUU pusieron en alerta a la 5ta y 6ta flota y, por las dudas, las hicieron ir al Golfo Pérsico. El dólar subió y el resto de las monedas se devaluaron, como siempre. El Bitcoin se derrumbó, pero los analistas económicos tuvieron la explicación. En Argentina desfilaron políticos, analistas, economistas, artistas, ilusionistas, todos ellos con una teoría mientras ordas descontroladas saqueaban por enésima vez el Mc Donalds del obelisco.
Nada de lo anterior pasó, salvo que no pudimos subir fotos a Instagram ni Facebook, ni mandarlas por Whatsapp. Hasta los audios estuvieron en veda.
¿Y entonces? Nada. La vida siguió su curso y nos dimos cuenta , pocos o muchos, que se puede ser feliz sin subir la foto del bebé recién nacido, de la mosca en la uva, de los zapatos nuevos, o esa selfie tan ingeniosamente igual a todas la demás.
Las redes (¿se dieron cuenta de que se llaman «redes»?) deberían caerse más a menudo.







