viernes, 5 junio, 2026

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Hace tiempo que los sondeos electorales se contradicen y dejaron de ser una brújula eficaz para convertirse en herramientas políticas. Basta con repasar las encuestas publicadas el domingo previo a los comicios presidenciales del 2015, a modo de ejercicio cognitivo.

Ninguna consultora le daba a Mauricio Macri más de 30 por ciento, y llegó al 34,33 por ciento de votos. Lo mismo sucedió con Margarita Stolbizer, a quien se ubicaba en el 5 por ciento, y terminó en un 2,5 por ciento de votos.

A Daniel Scioli, las encuestadoras lo ubicaban casi en el 40 por ciento y hasta ganando en primera vuelta, y cosechó 36,86 por ciento de los votos.

En este escenario ultrapolarizado, las encuestadoras se protegen con el «error técnico» que suponen 2 o 3 puntos para arriba o para abajo, aunque en este caso signifiquen la derrota o la victoria de uno de los candidatos presidenciales. En el medio, en los sondeos se juega a la política, entonces Maria Eugenia Vidal pasa de ser la dirigente con mejor imágen de la Argentina a la peor, Roberto Lavagna oscila entre los 4 y 14 puntos y Espert consecharía entre 2 y 5 puntos.

La sensación generalizada es que hay lugares a los que los encuestadores, tan desgastados como la dirigencia, no logran llegar. Y si llegan, no reciben las respuestas más sinceras como protesta por la invasión que implica un llamado telefónico tarde, y en plena cena. De allí que los resultados sean, a veces intencionados, y otros no, contradictorios. Porque hay sondeos que se hacen circular para dañar al opositor, y otros que se mantienen en reserva como estrategia electoral.

Así las cosas, hoy todas las alternativas parecen posibles y ninguna descabellada, porque siempre hay una encuesta que respalda el escenario. Que un candidato gane en primera vuelta, que haya balotaje, que las diferencias sorprendan y se recalculen las campañas.

Y así será hasta el 11 de agosto, cuando lejos de los spots y las preguntas, los ciudadanos respondan con su voto.