domingo, 19 abril, 2026

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A 3.800 kilómetros mar adentro, la isla bajo soberanía chilena, esconde muchos secretos que se pueden descubrir con sólo recorrer sus senderos, charlar con su gente y estar dispuesto a sorprenderse.

Llegar al aeropuerto de Mataveri, en la Isla de Pascua y ser recibido con una collar de flores es la señal de que estamos en el lugar indicado. Mónica, una chilena «continental» radicada en la isla, nos lleva a la cabaña que alquilamos y nos da algunos tips. Es tarde, pero no tiene prisa.

Con la primera luz del día divisamos, ahi nomás, en línea recta hacia el oeste, un «moai» solitario que mira al mar. Salimos a caminar y no tardamos mucho en llegar. Si nos pareció imponente, más nos asombramos al seguir andando por la costa escarpada con las olas rompiendo en las rocas, y un moai aquí y otro allá, más algunos que se divisan a lo lejos. Están ahí, como desde siempre.

«La cantera»

Se suceden los días y nos damos cuenta de que la isla tiene de todo para pasarlo bien, aún fuera de temporada: muy buena cocina, basada en pescados; una calma contagiosa que obliga a ir despacio y disfrutar cada momento; y sus volcanes. El Ranu Kau y su majestuoso lago; el Terevaca, punto más alto de Pacua a poco más de 500 mts s/m desde donde se tiene una visión 360º de la isla; y el Rano Raraku. Sin dejar de lado su historia, los origenes del pueblo Rapa Nui, la cantera con sus moais a medio hacer, la playa de Anakena con su arena blanca y agua translúcida.

Isla de Pascua es un destino obligado no sólo para el aventurero sino, también, para aquellos a quienes les gusta combinar playa con arqueología, buena comida y un poco de historia. Pero lo más importante, si hay cosas que ver antes de dejar este mundo, esos son los moai, inexplicablemente, cada uno con su propia personalidad.